La vida no viene con repuestos · Temporada 1 · Episodio 1 · 12:14
Los recuerdos de Javi a los nueve años en Mar del Plata: los kioscos familiares, una llave que llegó pronto a su bolsillo y la curiosidad por las máquinas. El comienzo de La vida no viene con repuestos.
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Barcelona, barrio de Sant Antoni, es una noche cualquiera de septiembre, del año
2026. ¿Vale? Hay una persiana a medio bajar en un local comercial, lo justo para
aislar el ruido de la calle, pero dejando intuir que, o sea, dentro hay vida.
Claro, el típico taller de barrio. Exacto, y debajo de un banco de trabajo, que es un
tablero lleno de aparatos electrónicos abiertos, así, a corazón abierto, duerme
plácidamente una perra de 11 años. Se llama Piña. ¿Qué imagen tan cinematográfica
la verdad? Totalmente. Pues en ese silencio, un hombre de 52 años pulsa el botón de grabar
de una grabadora, y su voz rompe el ambiente
diciendo "Hola, hola, probando, tengo 52 años, he nacido
en Mar del Plata, Argentina. Desde muy joven he vivido la vida de una manera más bien
adulta". Uf, menuda carta de presentación. Y es aquí donde hay que hacer una pausa y
decirlo con esa solemnidad de los relatos de crímenes,
¿no? Basado en hechos reales. Algunas escenas
están recreadas. Y es vital hacer esa advertencia,
porque lo que vamos a hacer en esta inmersión sonora es explorar la anatomía pura de la
supervivencia. Exacto. Viajamos al pasado para desgranar la historia de este chico, de Javi,
un chico al que la vida literalmente no paraba de romperle cosas. El país, el cuerpo, la
casa. Y él siempre respondía igual, abriendo esas cosas rotas para ver cómo funcionaban
por dentro. A ver si se podían arreglar. Esa es la premisa. Pero claro, para
entender este impulso mecánico vital de desmontar el
mundo, primero hay que entender el mundo en el que aterrizó. Un mundo donde no hay héroes
ni villanos, sino personas rotas, intentando salir adelante. Pues arrancamos con eso. Nace
el 21 de junio de 1974. Sí, en Mar del Plata. El contexto es asfixiante. A los diez días de
nacer muere el presidente Juan Domingo Perón. Y ojo, revisando la historia de las fuentes
y dejándolo clarísimo sin tomar ningún tipo de postura política, los documentos muestran
que esto arroja al país a un abismo. Claro, un vacío de poder brutal. Violencia política,
crisis económica, un caos absoluto. Y menos de dos años después, en marzo del 76, está
el golpe militar. Es que ese es el aire denso que se respira en su infancia. A
ver, intentemos visualizar esto. Es como nacer en un barco
que se está hundiendo y ardiendo al mismo tiempo. Tal cual. Pero resulta que dentro
de ese barco en llamas, tu familia gestiona una tienda a 24 horas donde las puertas no
tienen cerradura. Sí, la familia de los kioscos.
Los canillitas, que es el término de allí para los vendedores de diarios, llegan a
gestionar tres kioscos a la vez. Y hay una regla inquebrantable en esa casa. Los kioscos
no cierran nunca. Nunca es nunca. Ni domingos ni festivos, nada. Lo fascinante aquí a nivel
psicológico es cómo esa cultura de trabajo incesante altera la percepción del tiempo
en un niño. Claro, es que no hay respiro. Ninguno. No hay pausa. Tienes el contexto
exterior con la dictadura y el interior con un trabajo infinito. Esto crea una atmósfera
donde la infancia, tal y como se entiende hoy, pues simplemente no tiene espacio
material para existir. Ya, pero es que hay un contraste
muy bestia en los documentos. Cuéntame. Su madre. Ella está metida en esta rueda infinita
de vender periódicos, pero también forma parte de la comisión de damas del sindicato de
canillitas. Y en Navidades se disfrazan de reyes magos. Fíjate. Se suben a las camionetas
de reparto de los diarios y se van a repartir juguetes en los barrios más pobres de la
ciudad. Es una hiperactividad como mecanismo de supervivencia. Por un lado no estás en
casa para criar, pero por otro lado tienes una conciencia comunitaria tremenda. Pero
claro, en un mundo de adultos que no frena, los niños se ven obligados a acelerar su
crecimiento. Y tanto que aceleran, madre mía. Aquí es
donde los registros me dejaron, bueno, de piedra. A los siete años, su padre le
enseña a conducir una moto. Siete años. Sí, sí, pero no una de juguete,
una Garelli. Uf, la Garelli. Y para quien no esté muy puesto en mecánica
de la época, esta moto se arrancaba pedaleando con una fuerza brutal. O sea, no tenía botón
de arranque. No. Tenías que subirte a los pedales y dejar
caer todo tu peso para que el motor lo agarrase
con presión. Un crío minúsculo haciendo esto. Y no solo eso, ¿eh? ¿Qué más?
Llevaba a su padre, adulto, sentado detrás. De paquete.
Es que físicamente cuesta imaginarlo. El centro de gravedad, el peso del adulto detrás.
Es la primera moto de muchas que marcarán su destino, claro, pero muestra que a los siete
años ya está manejando máquinas y miedos de adulto.
Exacto. Porque luego ese mismo niño deja la moto, llega a su colegio en un barrio pobre
y atención a la escena. Sí, esta parte es escalofriante.
Los propios militares son quienes reparten el pan y las bolsas de leche.
Claro. Imagínate el contraste. El ejército haciendo labores de caridad escolar,
dando el desayuno a los críos, pero con las ametralladoras
colgadas del hombro. Si conectamos esto con el panorama general,
observamos la normalización de lo anormal. Totalmente.
Las ametralladoras, junto a la leche infantil, no sólo intentan imponer un orden estatal,
sino que instalan un miedo visceral. Un miedo a la autoridad que se inyecta en vena desde
la cuna. Y eso tiene consecuencias, claro. Muchísimas. Esto explicará las reacciones
de Javi frente a la policía años más tarde. Es que es una educación basada puramente
en la tensión perpetua. Y esa tensión choca de frente con la escuela. Inevitablemente.
Porque, claro, la necesidad de los padres de optimizar el tiempo choca con el rendimiento
escolar del niño. El colegio queda lejos de la casa familiar,
pero cerca de donde los padres trabajan, en los kioscos.
Y aquí toman una decisión. Una decisión que hiela la sangre.
Javi tiene nueve años. Y sus padres le alquilan un pisito.
Un piso para él solo. Para él solo. Detrás del colegio. Es el centro de gravedad de toda esta
historia. El objetivo, entre comillas, pragmático,
era que durmiera más entre semana. Se ahorraba
el viaje largo. Pero, claro, pongámonos en la piel de ese crío. Nueve años.
Nueve años. Recreemos una tarde allí. Lunes por la tarde. Termina el cole. Se
va al piso. El sonido de la llave girando en la cerradura.
¡Qué angustia! El eco del pasillo al entrar. Ese olor a cerrado de un sitio sin vida.
Y la luz apagándose por la noche. Un niño viviendo completamente solo de lunes
a viernes. Que esto plantea una pregunta importantísima
sobre la ceguera de los adultos, aunque fuera bien intencionada. Porque, ¿cuál fue el
resultado académico de este experimento de la soledad? Un desastre absoluto.
El fracaso escolar es total. Repite curso. Claro. Y los padres, en vez de ver el elefante
en la habitación, lo llevan a incontables psicólogos.
Las fuentes dicen que le hacen estudios de escritura, le medican.
El propio Javi en sus audios dice que, cito textualmente, daban palos al vacío.
Daban palos al vacío porque la sociedad patologizaba el comportamiento infantil
sin observar el entorno. Hoy sabemos que el diagnóstico real era
un trastorno por déficit de atención, un TDA de manual.
Pero en esa época y en ese lugar, nadie lo vio.
Nadie. Y aislar a un niño con TDA en un piso vacío. O sea, intentar arreglar su falta de
atención, dejándolo completamente solo, no la curaba. La amplificaba hasta ensordecerlo.
Es como intentar arreglar un problema de software comprando una mesa de escritorio
más grande. No tiene sentido. Y las consecuencias sociales son brutales.
No tiene amigos, lo pierde todo, hay registros de campamentos donde, tela con esto,
llega a perder hasta los calcetines, vuelve sin calcetines. Un niño a la deriva.
Y si el mundo de los humanos, o sea, el colegio, la soledad, los médicos,
no tenían ningún sentido lógico ni lo comprendía,
tuvo que buscar refugio en un mundo que sí lo tuviera.
– Las máquinas. – El interior de las máquinas, sí.
Porque a los ocho años descubre los ordenadores.
Se convierte, bueno, en parte del inventario de la primera tienda de informática de
Mar del Plata. – Imagino el ambiente. – Sí, pasaba el día allí.
Copiaba cintas, arreglaba joysticks. Y hay que aclarar cómo era el ambiente
tecnológico en la Argentina de los 80. Muy diferente al europeo, desde luego.
Es que no existían cintas originales. Todo lo que llegaba de Europa ya venía pirateado.
La piratería no era un delito en su mundo. Era, literalmente, el mercado.
Es una ironía tremenda. Porque la reparación y la copia de cintas,
en realidad, no son solo pasatiempos para él. – No. – Son tácticas de adaptación.
Tácticas de supervivencia en una economía periférica. Y esa compulsión por entender cómo
funciona todo se traslada a su casa. Coge un destornillador y desmonta la videograbadora.
– Bueno, eso tiene un pase. – Ya, pero luego desmonta por completo la televisión.
– Uf, la televisión de tubo. – Sí. Ojo con eso, porque desarmar un televisor
de tubo de los años 80 era jugarse la vida, literalmente. – Por el voltaje. – Claro.
Los tubos de rayos catódicos acumulaban una electricidad estática
y una carga en los condensadores que, incluso desenchufados, te podían dar una
descarga letal. Un niño de 8 o 9 años abriendo eso es una bomba de relojería.
– Madre mía, pero él necesitaba ver los circuitos. – Necesitaba la lógica.
Si conectas A con B, pasa C. Es predecible. – Todo lo contrario a su vida humana, que
era puro caos. – Qué fuerte. Y, claro, este chico que destripa a
televisores mortales también vive la calle al máximo.
– La calle era el otro refugio. – En las fuentes aparece mucho su vecino y cómplice.
– Un chico al que llamaban "El Cabeza". – El Cabeza.
Hay que recrear esa atmósfera de barrio. Andaban con un rifle de aire comprimido,
se subían a los techos de las casas, las pandillas en bicicleta…
– La libertad absoluta, ¿no? – Sí. Y llamándose a gritos, ya sabes con el
tono argentino. "Che, negro, pásame eso, vení para acá, boludo".
– Un ecosistema propio. – Total. Pero sus padres deciden que necesita
disciplina y lo envían a los scouts. – Y eso no sale bien. – Sale fatal.
Porque en realidad era catecismo encubierto. – Y, claro, le hacen repetir el curso. –
Repetir los scouts. Repetir religión, básicamente. Es que Javi es un ateo natural.
Los apuntes cuentan que desafiaba a los instructores en clase.
– ¿Qué les decía? – Levantaba la mano y preguntaba…
– A ver, ¿y cómo sabemos que lo que pintó fulanito en ese libro es verdad? – Fíjate
qué mente tan crítica. – Es que es el mismo chico que desmonta
un reproductor de vídeo para ver los circuitos. – Claro.
Si puede ver las tripas de la tele, exige ver las tripas de la Biblia. No acepta cajas
cerradas. Cuestionar la religión a esa edad demuestra
que se niega a aceptar el mundo tal y como se lo entregan los adultos.
Tiene que abrirlo, tiene que inspeccionarlo. Eso sí, de los scouts saca algo supervalioso.
Aprende a cocinar. – Que parece un detalle menor, pero no lo es.
Es una habilidad de supervivencia vital para alguien que, como hemos visto con el
piso, va a pasar gran parte de su vida viviendo solo.
– Totalmente. – Saber alimentarse es ser independiente de ese mundo adulto que
falla constantemente. Pues con todo este retrato sobre la mesa,
con este nivel de exposición, hay una reflexión que quiero dejar flotando en el
aire. – Dime. – Una reflexión perturbadora. La verdad.
Y que cada uno que nos escuche la piense. Porque hoy en día sobreprotegemos a los
niños al máximo. – Sí, vivimos en la era de los padres helicópteros. – Exacto.
Pero después de todo lo expuesto, de la moto, los militares, la televisión abierta,
¿qué le hace exactamente a la psique de un niño de 9 años, semana tras semana,
escuchar el click de la puerta al cerrarse y saber que va a dormir completamente
solo en un piso? – Es una desconexión brutal del apego. – Es que no hay red de seguridad.
Y justo cuando parece que esta infancia solitaria llega a su fin, un nuevo adulto
entra en escena. – ¿Alguien inesperado? – Un amigo de su padre.
– Un hombre que trabaja en las entrañas del histórico diario El Atlántico. –
Entre rotativas y maquinaria pesada. Y este mentor está a punto de enseñarle a
encender la luz más potente y deslumbrante que Javi ha visto en toda su vida.
– Y justo después de enseñarle eso. – Está a punto de morirse.
Narración generada con inteligencia artificial a partir de recuerdos y grabaciones de Javi.
Guía del episodio
Mar del Plata y los kioscos familiares
La infancia de Javi en Mar del Plata y el trabajo de su familia en los kioscos.
La primera moto
El recuerdo de aprender a conducir una Garelli a los siete años.
La llave a los nueve años
El piso detrás del colegio y una llave que llegó pronto a su bolsillo.
La curiosidad por las máquinas
Los primeros ordenadores y las ganas de abrir aparatos para entenderlos.
Para seguir la historia
De la curiosidad de la infancia al aprendizaje de un oficio: continúa con el episodio 2, Arco de carbón.
Una pregunta para ti
¿Qué objeto de tu infancia te hizo empezar a preguntarte cómo funcionaban las cosas?
Continúa la historia
Todos los episodios de La vida no viene con repuestos
Episodio 2 · Arco de carbón: del taller a la cabina de cine
Episodio 3 · La dirección falsa: un viaje a Buenos Aires
La historia de Javi y ReciclaTecnología
Narración generada con inteligencia artificial a partir de recuerdos y grabaciones de Javi.
En el vídeo del episodio 1, las imágenes son recreaciones ilustradas; los insertos de objetos también están generados.



